
Un estudio publicado en PNAS reconstruyó la historia de domesticación de Gossypium hirsutum, la especie que aporta cerca del 90% de la producción mundial de algodón. El análisis genómico apunta al noroeste de la península de Yucatán, en México, como centro de origen del algodón cultivado moderno, en un proceso iniciado hace al menos 4.000 años y posiblemente hasta 7.000 años.
ChileBio / 20 de mayo, 2026.- El algodón es una de las fibras vegetales más importantes de la historia humana. Ha acompañado a distintas civilizaciones en la elaboración de telas, redes, cuerdas y vestimentas, y hoy sigue siendo una materia prima esencial para la industria textil global. Pero detrás de esta planta cotidiana existe una historia evolutiva y agrícola mucho más profunda, que ahora comienza a reconstruirse con mayor precisión gracias a la genómica.
Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) identificó al noroeste de la península de Yucatán, en México, como el centro de domesticación de Gossypium hirsutum, conocido como algodón “upland”. Esta especie es, por lejos, la más cultivada del mundo y representa cerca del 90% de la producción global de algodón.
La investigación, desarrollada por un equipo internacional de científicos, comparó genomas de algodones cultivados con poblaciones silvestres de Yucatán, Florida y el Caribe. Los resultados muestran que los algodones domesticados tienen una relación genética más estrecha con las poblaciones silvestres de Yucatán, lo que refuerza el papel de esta región como punto de origen del algodón moderno.
Una domesticación que comenzó miles de años antes de los mayas
Según Jonathan Wendel, botánico y biólogo evolutivo de Iowa State University y coautor sénior del estudio, la domesticación de Gossypium hirsutum comenzó hace al menos 4.000 años, y posiblemente hasta 7.000 años atrás. Esto significa que el proceso se habría iniciado mucho antes del auge de la civilización maya en la región.
El algodón silvestre, sin embargo, era muy distinto al cultivo actual. Wendel explicó que las formas silvestres corresponden a “arbustos o pequeños árboles leñosos y multirramificados”, con una arquitectura más parecida a la de una planta perenne de ambiente tropical que a los campos modernos de algodón anual cultivado a gran escala.
Esa transformación —desde arbustos silvestres con fibras primitivas hasta plantas domesticadas de alto valor textil— fue el resultado de una larga interacción entre evolución natural, selección humana y adaptación agrícola.
De semillas peludas a una fibra global
El punto de partida de la domesticación habría estado en una característica muy particular de la planta: sus semillas cubiertas de fibras. Corrinne Grover, genetista y bióloga evolutiva de Iowa State University y también coautora sénior del estudio, señaló que los primeros agricultores y recolectores “vieron potencial en esta planta extendida, con semillas peludas”.
Ese potencial era enorme. Las fibras podían utilizarse para fabricar telas, redes de pesca, cuerdas y otros objetos útiles. Con el tiempo, la selección humana favoreció plantas con fibras más largas, blancas, finas y fáciles de procesar, rasgos que terminaron dando origen al algodón textil moderno.
Wendel destacó además una singularidad biológica del cultivo: “las fibras mismas son pelos unicelulares de las semillas”. En otras palabras, cada fibra de algodón corresponde a una célula vegetal altamente especializada que se alarga de manera extraordinaria. Esta característica convierte al algodón en un modelo fascinante tanto para la biología celular como para el mejoramiento genético de cultivos.
El estudio sugiere que esta transformación no dependió de uno o dos grandes cambios genéticos, sino de la acumulación gradual de muchas variantes de efecto menor. La domesticación del algodón, por tanto, parece haber sido un proceso complejo y progresivo, donde múltiples genes contribuyeron a moldear los rasgos que hoy asociamos con una fibra de alta calidad.
El genoma revela el origen y también lo que se perdió
Uno de los aportes relevantes del estudio es que permite distinguir la diversidad genética presente en los algodones silvestres de aquella conservada en los algodones cultivados. Como ocurre con muchos cultivos domesticados, la selección humana favoreció ciertos rasgos útiles, pero también redujo parte de la variabilidad genética original.
El equipo encontró que las poblaciones silvestres del noroeste de Yucatán conservan mayor diversidad genética que otras poblaciones más pequeñas y dispersas del noreste de Yucatán y la cuenca del Caribe. Esa diversidad es especialmente importante porque podría contener variantes útiles para el futuro del cultivo.
Grover subrayó este punto al señalar que “la diversidad silvestre es importante”, ya que algunos rasgos que se perdieron durante la domesticación podrían volver a ser valiosos en programas modernos de mejoramiento. Entre ellos podrían encontrarse características relacionadas con adaptación ambiental, resistencia a enfermedades, tolerancia a estrés o desempeño agronómico bajo nuevas condiciones climáticas.
Desde esa perspectiva, el estudio no solo responde una pregunta histórica sobre el origen del algodón, sino que también entrega información estratégica para la conservación de recursos genéticos y el desarrollo de variedades futuras.
Un cultivo americano que conquistó el mundo
Tras su domesticación en Mesoamérica, Gossypium hirsutum se expandió ampliamente y, después de la llegada de los europeos a América, terminó transformándose en la base de la producción algodonera mundial. Hoy se cultiva a gran escala en países como China, India, Estados Unidos y Brasil.
El algodón upland no es la única especie domesticada del género Gossypium. Otra especie americana, Gossypium barbadense, asociada al algodón de fibra extralarga, fue domesticada en Sudamérica, probablemente en la región de Perú o Ecuador, y representa cerca del 5% de la producción mundial. A ellas se suman Gossypium arboreum, del subcontinente indio, y Gossypium herbaceum, de África subsahariana y la península arábiga.
La historia del algodón, sin embargo, no es solo científica o agrícola. También tiene una dimensión social compleja. Su expansión comercial estuvo vinculada a grandes transformaciones económicas y, en el caso de Estados Unidos, a la historia de la esclavitud y la explotación laboral. Grover lo resumió señalando que el algodón tiene una historia compleja, marcada por la explotación, pero también por su profunda integración en la vida cotidiana de personas de todo el mundo.
Genómica para entender el pasado y preparar el futuro
La investigación muestra cómo las herramientas genómicas permiten reconstruir la historia de domesticación de un cultivo global y, al mismo tiempo, identificar reservorios de diversidad genética que podrían ser claves para su futuro.
En el caso del algodón, conocer con mayor precisión su origen en Yucatán permite comprender qué poblaciones silvestres participaron en su domesticación, qué diversidad genética quedó fuera de los cultivares modernos y qué recursos podrían ser útiles para enfrentar nuevos desafíos productivos y ambientales.
Más que una simple historia sobre el pasado de una fibra, este estudio revela cómo la domesticación de cultivos fue un proceso largo, acumulativo y profundamente humano. Agricultores prehistóricos, sin conocer genes ni genomas, seleccionaron plantas útiles generación tras generación. Hoy, la genómica permite leer las huellas de esas decisiones en el ADN del algodón moderno.

