Edición genética con CRISPR en cultivos agrícolas de Europa bajo el nuevo marco regulatorio de la Unión Europea

La nueva era de la edición genética comienza a tomar forma en los campos de Europa

Mientras la Unión Europea avanza hacia un nuevo marco regulatorio para las Nuevas Técnicas Genómicas, investigadores de varios países intensifican los ensayos de campo con cultivos desarrollados mediante edición genética. Un reportaje de Euractiv recorre algunos de estos ensayos y las discusiones que los rodean, donde el entusiasmo científico convive con antiguas controversias y un nuevo foco de debate: las patentes.

EURACTIV / 3 de agosto, 2026.- Para llegar al campo experimental de maíz, los visitantes primero deben atravesar una puerta cerrada con llave, ubicada entre una línea ferroviaria, una autopista y una escuela. Todo el recinto está rodeado por una cerca.

La ubicación —Wetteren, en las afueras de Gante— es pública por obligación legal, explica Hilde Nelissen, biotecnóloga vegetal de la Universidad de Gante. Pero eso no significa que el acceso deba ser sencillo.

“O conoces el código o estás entrando ilegalmente”, comenta.

Tras la cerca, ordenadas hileras de plantas jóvenes de maíz apenas sobresalen del suelo. A simple vista no parecen tener nada especial. Sin embargo, pequeñas parcelas como esta han estado durante años en el centro de uno de los debates más intensos de Europa en torno a la biotecnología agrícola.

El maíz fue desarrollado mediante CRISPR-Cas9, una herramienta de edición genética cuyos codesarrolladores recibieron el Premio Nobel de Química en 2020.

Descrita frecuentemente como unas “tijeras moleculares” y clasificada en la terminología de la Unión Europea como una Nueva Técnica Genómica (NGT, por sus siglas en inglés), CRISPR-Cas9 forma parte de una nueva generación de tecnologías de mejoramiento que permiten a los científicos realizar cambios precisos en el ADN.

A diferencia de la modificación genética tradicional —utilizada en la mayoría de los organismos genéticamente modificados (OGM), que normalmente implica la introducción de ADN procedente de otra especie—, algunas NGT permiten “editar” el ADN de un organismo sin introducir material genético externo.

Las normas europeas sobre OGM, adoptadas en 2001, antes de que estas tecnologías existieran, no establecían ninguna distinción entre ambas categorías. En 2018, el máximo tribunal de la Unión Europea determinó que las NGT debían regularse bajo las mismas estrictas normas aplicables a los OGM tradicionales, lo que en la práctica las mantuvo mayoritariamente confinadas a parcelas experimentales.

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España sigue siendo el único país de la Unión Europea que cultiva comercialmente un cultivo OGM, específicamente maíz resistente a insectos.

Eso podría cambiar pronto. Después de años de negociaciones políticas, la Unión Europea se prepara para flexibilizar su normativa. Bajo el nuevo marco regulatorio, cuya implementación completa está prevista a partir de 2028, las plantas obtenidas mediante determinadas NGT y que involucren modificaciones genéticas limitadas serán reguladas de manera equivalente a variedades obtenidas mediante mejoramiento convencional.

Investigadores europeos, especialmente en Bélgica, Italia, España y Suecia, esperan con gran interés esta reforma.

Ensayos de campo de plantas que utilizan NGT en Europa, 2016-2026 | Mapa: Euractiv | Fuente: Testbiotech y Comisión Europea | Visualización creada con Datawrapper

Científicos como Hilde estudian características que, eventualmente, podrían permitir desarrollar cultivos más resilientes y productivos, una necesidad que se percibe cada vez como más urgente a medida que los fenómenos meteorológicos extremos se vuelven más frecuentes.

Bélgica, en particular, ha vivido un comienzo de verano marcado por lluvias intensas y fuertes variaciones de temperatura.

Señalando una parcela de control cercana, sembrada con maíz convencional y rodeada de charcos, que utiliza como referencia comparativa, Hilde explica por qué las plantas se han tornado pálidas.

“Están tan amarillas por el estrés [meteorológico]”, señala.

Su maíz editado genéticamente ha estado expuesto a las mismas condiciones climáticas erráticas, pero las plantas parecen sobrellevarlas considerablemente mejor.

Maíz experimental en Wetteren. [Foto de Sofía Sánchez Manzanaro]

Durante años, los responsables políticos de la Unión Europea discutieron si los cultivos editados genéticamente debían recibir un tratamiento regulatorio distinto al de los OGM, y la controversia estuvo lejos de limitarse a Bruselas.

Científicos como Hilde deben cultivar plantas modificadas genéticamente detrás de cercas para evitar que sean destruidas por opositores.

En 2011, activistas irrumpieron en el mismo campo donde Hilde lleva a cabo actualmente su experimento con maíz y destruyeron un ensayo con papas OGM, también desarrollado por la Universidad de Gante. La acción fue organizada por el grupo belga Field Liberation Movement.

Al igual que organizaciones similares de otros países europeos, entre ellas Faucheurs Volontaires en Francia, los activistas protestaban contra una tecnología que, según su visión, podría alterar los ecosistemas y despojar a la agricultura de sus raíces “tradicionales”.

Los propios ensayos de Hilde tampoco han pasado inadvertidos.

Hace algunos años, alguien cortó la cerca que rodeaba el recinto experimental.

“Podíamos seguir las huellas hasta nuestro ensayo de campo”, recuerda mientras camina precisamente por ese mismo sendero. “Fueron hasta allí, dieron una vuelta y luego salieron nuevamente, por lo que está claro que sabían dónde estaba”.

Para su alivio, nada fue destruido.

“Puedes protestar”, afirma. “Pero no destruir”.

Hilde Nelissen, biotecnóloga vegetal de la Universidad de Gante. [Foto de Maria Simon Arboleas]

Hija de agricultor

Para Hilde, quien lleva más de dos décadas estudiando biología vegetal, la edición genética está lejos de representar una amenaza.

“Si estuviera permitido, plantaría NGT en mi jardín”, bromea.

La investigadora descarta rápidamente las preocupaciones respecto de la seguridad de la tecnología y recuerda que las personas han consumido, sin saberlo, mutaciones genéticas durante siglos.

Hace varios cientos de años, las zanahorias eran predominantemente moradas o blancas.

“En algún momento, la sociedad decidió que nos gustaban las zanahorias naranjas y que queríamos que fueran rectas”, comenta. “Eso ocurrió únicamente porque hubo cambios en el ADN”.

Pero el vínculo de la científica con la agricultura también es profundamente personal.

Creció en Flandes, donde su fallecido padre administraba una explotación agrícola mixta, criando ganado y cultivando diferentes especies.

Con el tiempo, sin embargo, dejó la agricultura cuando el aumento de la mecanización lo obligó a decidir si invertir grandes sumas de dinero en costosos nuevos equipos.

Según Hilde, aquella decisión refleja una transformación más amplia de la agricultura europea, que ya no corresponde a la “profesión romántica” que muchas personas imaginan.

“La agricultura actual son máquinas, grandes infraestructuras y grandes tractores”, señala.

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El debate sobre las patentes

Las NGT reciben un tratamiento regulatorio equivalente al de los cultivos convencionales en países como Australia, Estados Unidos, Canadá, Brasil, China e India.

En Europa, el debate más intenso en torno a las NGT no se concentró tanto en determinar si estas tecnologías eran seguras.

A pesar de las preocupaciones relacionadas con la trazabilidad y el etiquetado, el principal punto de conflicto fue quién sería propietario de estas tecnologías.

Flexibilizar las normas de la Unión Europea facilitaría que las empresas comercialicen cultivos editados genéticamente con características de alto valor, como tolerancia a la sequía o resistencia a plagas, muchas de las cuales podrían quedar protegidas mediante patentes.

Los críticos temen que esto pueda fortalecer el dominio de las mayores empresas agrícolas del mundo, perjudicando a los agricultores y a los pequeños obtentores, quienes eventualmente podrían verse obligados a pagar regalías por características que también podrían aparecer de manera natural.

Estas preocupaciones estuvieron cerca de hacer fracasar las negociaciones en Bruselas.

El Parlamento Europeo presionó hasta el último momento para introducir salvaguardas más estrictas que limitaran las patentes sobre plantas obtenidas mediante NGT.

Finalmente, esas propuestas fueron descartadas con el objetivo de preservar el acuerdo general.

Aunque es una firme defensora de la tecnología, Hilde comprende ambas posiciones.

“La científica que hay en mí cree que las patentes son necesarias”, afirma, argumentando que las empresas que realizan grandes inversiones en investigación necesitan mecanismos que les permitan recuperar esos costos.

Sin embargo, establece una diferencia entre su posición profesional y su opinión personal.

“No soy abogada de patentes; soy científica de plantas”, señala. “Hilde como persona no está a favor de las patentes. Hilde como científica cree que las patentes impulsan la innovación”.


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