Una reciente editorial publicada en Frontiers in Genome Editing por un grupo internacional de investigadores advierte que, para alcanzar el objetivo global de Hambre Cero antes de 2030, será imprescindible acelerar la adopción de tecnologías de edición genética como CRISPR, capaces de desarrollar cultivos más productivos, resilientes y nutritivos en tiempo récord.
ChileBio / 8 de agosto, 2025.- En 2015, Naciones Unidas fijó uno de sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) más ambiciosos: erradicar el hambre para 2030. La meta, conocida como Hambre Cero, busca garantizar que todas las personas tengan acceso a una alimentación suficiente, segura y nutritiva durante todo el año. Sin embargo, a menos de cinco años de la fecha límite, la realidad es inquietante: más de 735 millones de personas padecen hambre crónica y el número sigue en aumento, impulsado por la inestabilidad política, crisis económicas, conflictos armados, desastres naturales y el impacto cada vez más severo del cambio climático sobre la agricultura.
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Lograr el Hambre Cero no es solo un desafío de producción, sino de velocidad. La población mundial, que ya supera los 8.000 millones, se proyecta en 8.500 millones para 2030 y en 10.000 millones para mediados de siglo. Satisfacer la demanda alimentaria de esa magnitud requeriría duplicar la producción agrícola global en apenas unos años, algo que las técnicas tradicionales de mejoramiento genético, que suelen tardar entre 10 y 15 años en desarrollar una nueva variedad, no pueden conseguir por sí solas. La pregunta es clara: ¿cómo acelerar el salto productivo y hacerlo de forma sostenible?
Una reciente editorial publicada en la revista científica Frontiers in Genome Editing (enlace al artículo) aborda esta cuestión de frente. Titulada “Gene editing to achieve Zero Hunger”, reúne la opinión de especialistas y presenta un número especial con investigaciones y revisiones sobre cómo las tecnologías de edición genómica (GETs, por sus siglas en inglés) —especialmente los sistemas CRISPR/Cas— pueden convertirse en un aliado decisivo para alcanzar el Hambre Cero.
Los editores de este número destacan que, desde su primera aplicación en plantas en 2013, CRISPR y otras herramientas afines han demostrado ser precisas, rápidas y altamente versátiles, capaces de editar genes específicos para mejorar el rendimiento, la resistencia a sequías y enfermedades, e incluso el perfil nutricional de los alimentos. A diferencia de los transgénicos clásicos, muchas de estas mejoras pueden obtenerse sin introducir ADN foráneo, lo que en varias jurisdicciones las exime de la regulación estricta aplicada a los organismos genéticamente modificados (OGM). Esto reduce drásticamente los costos y el tiempo para su llegada al mercado.
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El editorial recoge cinco trabajos —dos investigaciones originales y tres revisiones— que ilustran la amplitud de aplicaciones de la edición genética en agricultura:
- Uno de ellos aborda un viejo problema para los fitomejoradores: la dificultad de editar líneas élite de maíz tropical, ampliamente cultivadas en zonas cálidas y húmedas, pero notoriamente refractarias a la transformación genética. El equipo de investigación superó esta barrera introduciendo reguladores morfogenéticos (MR) durante el proceso de transformación mediado por Agrobacterium, logrando mutar con éxito el gen Virescent Yellow-Like (VYL), clave en el desarrollo del cloroplasto. Los resultados fueron notables: se obtuvieron mutantes en tres líneas élite (CML360, CML444 y PCL1) con una eficiencia de hasta 6,63 %, y las modificaciones se transmitieron de forma estable a la descendencia. Este avance no solo tiene implicaciones para los trópicos, sino también para cualquier región que enfrente temperaturas altas y suelos marginales, incluyendo zonas agrícolas de Chile que ya sufren el impacto del cambio climático.
- Otra de las revisiones se centra en el algodón, un cultivo de importancia global no solo por su fibra textil, sino también por sus semillas ricas en aceite y proteína, su valor como forraje y su potencial para la producción de biomasa destinada a biocombustibles. Utilizando distintas variantes de CRISPR —incluyendo Cas9, nCas9 y Cas12a—, los investigadores han logrado mejoras simultáneas en las cuatro “F” del algodón: fiber, food, feed, fuel (fibra, alimento, forraje y combustible). La capacidad de intervenir varios rasgos de interés en un mismo cultivo abre la puerta a soluciones integrales que combinan productividad agrícola, seguridad alimentaria y desarrollo de energías renovables.
- El número especial también incluye una revisión amplia sobre el uso de GETs en diversas especies vegetales para aumentar la tolerancia a estrés abiótico —como sequías, salinidad o temperaturas extremas—, mejorar la eficiencia en el uso de nutrientes y potenciar compuestos bioactivos beneficiosos para la salud humana. Estos avances no solo apuntan a incrementar la producción, sino a mejorar la calidad y el valor nutricional de los alimentos básicos, combatiendo la llamada “hambre oculta”, es decir, la carencia de micronutrientes esenciales.
Uno de los temas que los editores consideran críticos es el marco regulatorio. El editorial subraya que la falta de actualización de las leyes agrícolas puede convertirse en un freno para estas tecnologías. Se cita, por ejemplo, el caso de Canadá, donde el marco para “Plantas con Rasgos Nuevos” (PNT), diseñado en la década de 1990, no contempla adecuadamente las nuevas herramientas de edición genética. De forma similar, una revisión incluida analiza la situación global de las regulaciones aplicables tanto a productos derivados de nanotecnología como de edición genética, y advierte que en muchos países la legislación avanza más lentamente que la ciencia.
Esta dimensión regulatoria es clave, porque una de las grandes ventajas de la edición genética es que, en muchos casos, permite generar variedades sin transgenes. Esto significa que no contienen ADN externo y, en consecuencia, pueden ser evaluadas y aprobadas bajo normativas menos estrictas que las de los transgénicos, acortando drásticamente los tiempos de liberación comercial. En un contexto de crisis alimentaria global, cada año que se gana en el desarrollo y aprobación de nuevas variedades puede traducirse en millones de personas alimentadas.
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El editorial de Frontiers in Genome Editing es optimista, pero no ingenuo. Reconoce que la edición genética no es una “varita mágica” que resolverá todos los problemas agrícolas de la noche a la mañana. Sin embargo, la califica como una de las herramientas más potentes disponibles hoy para transformar la agricultura y hacerla más resiliente, productiva y nutritiva. Para que ese potencial se materialice, los investigadores insisten en tres condiciones: inversión sostenida en investigación y desarrollo, modernización de los marcos regulatorios y fomento de la aceptación social, mediante la comunicación transparente de sus beneficios y riesgos.
En resumen, el mensaje es claro: si queremos acercarnos a la meta del Hambre Cero en el tiempo restante, debemos acelerar la adopción de tecnologías como CRISPR. No hacerlo significaría aceptar que cientos de millones de personas seguirán padeciendo hambre, y que el cambio climático seguirá erosionando nuestra capacidad de producir alimentos. En cambio, apostar por la edición genética es apostar por un futuro donde la innovación y la ciencia se ponen al servicio de uno de los derechos humanos más básicos: el acceso a una alimentación digna.

